Música, baile, comida, religión, política y economía se mezclaron hoy, 4 de noviembre de 2017, en el desfile de la Mama Negra, una simbiosis de las culturas indígena, española y africana, que evoca en la ciudad ecuatoriana de Latacunga el mestizaje de las expresiones populares de distintos orígenes. Cientos de personas participaron en coloridas y alegres comparsas por las calles de Latacunga, acompañados por bandas de música, en la provincia andina de Cotopaxi, hasta donde se desplazó el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, para asistir como invitado especial.
Durante la época de la cosecha y de la siembra, los pueblos andinos les rendían honor a las aves que llegaban desde las alturas a comer algunas frutas. Para los incas, el curiquingue era un ave mítica que auguraba la buena cosecha; tenían la creencia de que las aves, al ir por los aires, se comunicaban con los astros y los dioses. “Eran las mensajeras sagradas entre la tierra y el cielo. Eran símbolo de pureza espiritual, dignidad y poder”, indica la investigadora de la Universidad de Cuenca, Ximena Pulla. Se trataba de una de sus deidades y, para rendirle tributo o venerarla, hacían un ritual en el que se ponían trajes para recordar sus plumas, que con el sol se tornan de diversos colores, e imitaban sus pasos. Ahora es conocido como el baile del curiquingue y, aunque tiene una concepción desde un rescate del folclor local, nació como una forma de agradecerle y venerarle. “Caras, caras, curiquingue, caras caras curiquingue, alza la pata curiquingue, alza la otra curiquingue, date la vuelta curiquingue, sigue bailando curiquingue”, es parte de la letra de la canción “El Curiquingue” y que, al son de la misma, bailarines representan al ave mítica y además le hacen honor a la fertilidad de la tierra. En la Universidad Politécnica Salesiana (UPS), el director del grupo de baile, Juan Carlos Culquicóndor, explica que, para llegar a recrear esta representación andina, parten de profundas investigaciones. Él se encarga de contarles la leyenda a sus bailarines y se asegura de que entiendan que el plumaje, en el Cañar incásico, era símbolo de poder político, económico y religioso. “Es un ave rapaz y las plumas son negras, pero cuando se expone al sol adopta colores como amarillo, verde, rojo, azul y es por eso que el traje que usan es colorido”. El personaje del curiquingue da brincos y siempre zapatea. Otra profesora de danza, Rocío Pulla, puntualiza que este acto simboliza que está en contacto con los espíritus. El ave se acerca a los sembríos de los incas y ellos bailan, pero no la pueden espantar porque lo consideran mal augurio. Incluso, actualmente, los agricultores de las diferentes comunidades indígenas de Cañar no las expulsan; al contrario, las admiran y les agradecen por su visita. La protagonista de la historia que se cuenta a través del baile es el ave. La leyenda gira alrededor de este ser y lo que representaba para los ancestros quienes, según estudios históricos, vivían en contacto directo con la Pachamama y hacían rituales para rendirle honor, eran respetuosos, amantes y fieles a la naturaleza. Esta danza ancestral traslada a los espectadores a vivir de cerca una particular cosmovisión. Aunque el ritual al curiquingue tiene origen inca, según Pulla, los cañaris también lo adoptaron y hacían la danza juntos. En las Escuelas Interculturales Bilingües les enseñan a los pequeños la importancia de este baile y lo recrean en la época del Inti Raymi porque es el momento de la cosecha, cuando llegan las aves a los campos. “También durante la siembra ellas nos visitan, nosotros somos de Nabón y les tenemos respeto al igual que a la tierra o al agua”, afirma María Sinchi, mientras mira la cosecha y agradece al Inti Raymi.
El Diablito de lata es uno de los personajes más representativos de la “Sultana de los Andes”. Este personaje sale a las calles, con su paso lleno de prosa, durante los tradicionales “pases del Niño” en diciembre.
Descripción. Según relata Roberto Lema, en su trabajo para la Universidad Nacional de Chimborazo, son varios los antropólogos que describen al personaje como un “diablo, encabezando el cortejo al lado de los sacha runa”. El autor comenta que el diablo actúa solo evidenciando “imponencia y elegancia”. Los reconocidos grupos de diablitos llevan juntos el compás, atrayendo de esta manera las miradas de sus espectadores. Lema indica que se los observa también bailar en las procesiones del Corpus Cristi, atrás de los danzantes.
Presencia. Lema indica que “el diablo aparece también muchas veces en el cancionero folclórico ecuatoriano del siglo pasado, lo que denota su popularidad”. El autor cita a Arcángel Valdiviezo, hojalatero de profesión, quien asegura que participar como Diablito de lata “es un privilegio el participar en esta manifestación cultural al haber heredado esta tradición que va de generación a generación, desde su abuelo a su padre, y su padre le transmitió a muy temprana edad, haciéndolo partícipe de esta gran fiesta”.
Importancia. El autor especifica que Valdiviezo “evidencia como ha ido adaptándose este personaje, como los materiales y colores invaden las calles de Riobamba en las fechas cuando se realizan estos ‘pases del Niño’”. Además resaltó que lo más evidente es el material en el cual se confecciona esta máscara (careta), “antiguamente lo hacía en hojalata como se lo conocía, con los colores de la ciudad de Riobamba, el rojo y azul era lo más cotidiano, lo más usual que determinaba al personaje, quizás de ahí nace con el nombre de diablo, uno de los accesorios es el sonajero fabricado de láminas (tapas de refresco) quien lo hacía sonar al ritmo de la tonada, es por ese motivo que la ciudadanía lo conoce como Diablo sonajero, y el nombre de Diablo de Santa Rosa haciendo alusión al lugar en que se realizaba, el mercado donde nos encontramos muchos artesanos entre ellos su servidor un hojalatero por convicción”, indicó.